La campana tañó dos veces, llamando a formar filas. Garrido, con aparente indiferencia, escuchó el rezo que se acostumbraba a la hora de salida, pero no repitió las palabras de una letanía que le quemaba por dentro: se había peleado con los predicadores que ofrecían redención, pero cargaban de cadenas a los hombres. Su rabia no era contra la religión que lo excluía del Reino de Dios a causa de sus vicios y su estrafalario aspecto, sino contra el mismo Dios que con un porrazo del destino lo había condenado a una vida de soledad y tristeza.
Después de aperarnos con cerveza, cigarros y algunas chucherías, Garrido y varios compañeros, nos dirigimos a la casa de Hernández; allí solíamos reunirnos los viernes para pasar un momento alegre y relajado con el grupo. En esas reuniones existían pocas reglas: cada quien podía hacer lo que le viniera en gana... Nadie juzgaba a nadie, pero todos cuidaban de todos... y de allí no salía ninguno si no era capaz de llegar a casa por sus propios medios. Ellas se soltaban el pelo, y en medio del desenfado, siempre terminaban bailando descalzas y sin pareja. Nosotros, un poco menos conspicuos, hablábamos de grupos de rock, o de cualquier otro tema que se pudiera considerar cosa de hombres. Todos reíamos, libábamos cerveza y fumábamos hierba... Y unos pocos, los más osados (como Garrido), degustaban “cartoncitos” de LSD como si fueran chupetes de azúcar. Sin embargo, esa tarde, Garrido se limitó a sentarse, muy callado, frente al tocadiscos.
Yo lo observé cuando contemplaba los negros giros de un acetato de “Ten Years After”. Su rostro, enjuto de tanto evocar la solitaria tristeza, no mostró emoción alguna cuando, en medio de los dibujos de la música, se abrió un umbral de luz que su alma atravesó sin que su mente se diera cuenta. Garrido tampoco supo cómo llegó a la rivera de aquel río de aguas mansas, más azules que el cielo limpio en un amanecer de enero, donde vio a Dios vestido con jeans desteñidos, sonriéndole mientras cortaba flores amarillas y bajaba del firmamento estrellas para ponerlas todas en su largo pelo. Entonces descubrió que el tiempo había dejado de ser; que el pasado ya no le dolía, como tampoco le dolía el presente, y que el futuro ya no tenía poder para afligir con incertidumbres su corazón, ni su mente.
-¡Qué le han dado...Cabrones!- Grito el padre de Garrido, cuando llegó y vio aquel rostro macilento, dibujando espantosamente en su hijo por el rictus de la ausencia. Al escuchar su voz, Garrido vio de nuevo el umbral de luz: se asemejaba a la puerta de su habitación y estaba entreabierto. Una vez más sintió el aroma del café recién hecho y de los huevos con tomate y cebolla, pero las manos que los preparaban seguían ausentes. Luego abrió un poco más la puerta y vio que al otro lado vivían tres sombras que juntas se llamaban tiempo; ellas mantenían a Andrea encadenada a la muerte... Y a la muerte encadenada a ellas mismas... entonces supo que nunca podría separarlas, porque en la mentira del tiempo, esas sombras no podían existir individualmente. También vio a su padre que lloraba amargamente mientras sostenía en la mano unas filosas tijeras, entonces recordó su pelo largo y recordó que Dios, vestido con jeans desteñidos, lo había coronado con flores amarillas y estrellas.
Garrido nunca tuvo un momento de mayor lucidez que aquel en que decidió escapar por el umbral de la inconsciencia, Yo, al ver el brillo de sus pupilas negras, dilatadas desmesuradamente, y al verlo sonriente, como no lo había visto en mucho tiempo, entendí su decisión de atrancar la puerta... Y quedarse para siempre adentro.
A Renato Garrido, ese amigo que escapó
de la soledad, de la tristeza... Y del tiempo.