15 Marzo 2009
El sol sale y describe -ilusoriamente- una semi-parábola hasta llegar a su cenit, mostrándose tan radiante ante nosotros que, si no supiéramos que es su apogeo lo que da paso a su decadencia lumínica, pensaríamos que nada podría hacer menguar su brillo. Aun los acontecimientos más gratificantes de nuestra vida, las cosas más esperadas y deseadas, cuando ocurren, describen -sentimentalmente hablando-, un modelo matemático que se mueve en una secuencia paraboloide, siguiendo una trayectoria que va de lo neutro a lo positivo, para regresar a lo neutro y caer en los cuadrantes negativos de nuestra percepción.
Esta relación matemática que podría considerarse de aplicación inexorable a todo lo creado, elaborado, sucedido o existente, es semejante, en su secuencia, a los fuegos artificiales: escuchamos su detonación y con gran expectativa los vemos subir al cielo, nos admiramos cuando explotan pletóricos y luego vemos caer sus restos convertidos en pequeñas luces humeantes que lentamente se desvanecen hasta desaparecer, dejándonos su breve resplandor grabado pos unos segundos en las pupilas de nuestros ojos y, a veces, en las de nuestra alma y corazón.
Sin embargo, haber visto el sol brillar en su cenit, haber observado una flor abrirse ante nosotros o haber contemplado el estallido espectacular de un juego pirotécnico que ha hecho desaparecer momentáneamente la oscuridad de la noche, es algo por lo que vale la pena vivir, porque nada ni nadie podrá borrar jamás el maravilloso recuerdo de su esplendor, ni la sensación de que la vida se detuvo para nosotros por el lapso que ese breve momento duró.

servido por Gustavo
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5 Febrero 2009
Los instantes más aterradores que recuerdo los viví en la madrugada del 4 de febrero de 1976; a las 3:03:33 Guatemala fue sacudida, durante 44 segundos, por un devastador terremoto -con intensidad 7,6º- y dos réplicas (una en cosa de minutos y la segunda, 9 horas después). El país quedó totalmente incomunicado, poblaciones enteras fueron borradas del mapa, las carreteras estaban destruidas y las ciudades principales se encontraban en ruinas.
23,000 personas habían muerto y los heridos se contaban por cientos de miles. La necesidad era tan grande que, de inmediato, la mayoría de estudiantes nos enrolamos en diversas organizaciones de apoyo. Yo aún no había cumplido los 16 años, pero me sumé al grupo de voluntarios que trabajaba sin descanso en la base aérea "La Aurora", descargando los inmensos aviones que traían ayuda de todo el mundo; recuerdo que vaciábamos tan rápido como podíamos sus enormes vientres para que pudieran despegar y regresar lo antes posible para descargarlos nuevamente; mientras tanto, sin importar la hora o el cansancio, estibábamos medicinas, víveres, hospitales de campaña y equipos de emergencia, colocándolos en camiones, helicópteros y aviones más pequeños, para que fueran llevados al interior de la república, donde se necesitaban desesperadamente.
Jamás he vuelto a sentir tanto orgullo y satisfacción como en aquellos días angustiosos en que pude dar todo mi esfuerzo en favor de la patria y su gente, ayudando a aliviar el dolor que "Kabrakan" -el que mueve los montes-, sembró en este amado terruño. Gracias a Dios, a muchos países y a gran cantidad de amigos de todo el mundo, esta nación pudo ponerse de pie nuevamente, y muy a pesar de quienes, a lo largo de la historia, han hecho y siguen haciendo hasta lo inaudito por verla de rodillas, Guatemala seguirá en pie mientras Dios quiera conceder vida y fuerza a los verdaderos hijos de esta hermosa tierra... Mi tierra.
** El slogan “Guatemala está en pié” fue creado por el escritor español, nacionalizado guatemalteco, Francisco Pérez de Antón, y fue el estribillo que mantuvo en alto la moral y el espíritu de todo un pueblo que, en las más terribles circunstancias, supo unirse para salir adelante.

servido por Gustavo
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30 Enero 2009
Eran casi las doce de una preciosa noche otoñal cuando entré por primera vez a esa ciudad, llevaba dieciocho horas al volante y me sentía extenuado, así que después de dar un pequeño rodeo por el “downtown” regresé a la autopista para buscar un lugar para hospedarme. Al descender por un paso a desnivel de la 285, un “Tercel” rojo me adelantó por la izquierda. Sin percatarse de su presencia, el conductor de un camión “eighteen wheeler” que iba delante de mí, cambió de carril intempestivamente, atrapando con los enormes neumáticos de la rastra al pequeño vehículo
El brillo de las bengalas y de las luces de emergencia matizaba la increíble escena: para asombro de los presentes, Andrés -un puertorriqueño de no más de 35 años- estaba vivo, atrapado entre los despojos de su irreconocible Toyota. Mientras hacíamos hasta lo imposible por ayudarlo, el boricua lloraba y reía a carcajadas..... Daba gritos que solo yo -por ser también hispano- lograba entender: Andrés daba gracias a Dios por haberle concedido la invaluable oportunidad de seguir con vida para volver a ver a sus seres queridos. Minutos después la televisión local transmitía las escenas del dramático rescate, la nota periodística fue titulada “Milagro en la 285”.
A pesar del cansancio, esa noche no pude conciliar el sueño, a mi mente venían las imágenes de mis seres queridos. En un abrir y cerrar de ojos la distancia se hizo inmensa y los impostergables afanes de mi vida dejaron de tener el menor sentido... El “Milagro de la 285” continuaba, ya no en la autopista, sino en la habitación barata de un “Days In Motel”, en la bella ciudad de Atlanta.

servido por Gustavo
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28 Enero 2009
Lo conocí en enero de 1976, parecía ser algo retraído, tímido y un tanto despistado. Su forma retórica de hablar (poco común en un jovenzuelo de 16 años) y su peculiar apariencia: anteojos de cristales gruesos bajo los que se asomaban un par de vivaces y pequeños ojos oscuros, cabellera ligeramente alborotada y una barba cerrada cuyos afeitados troncos daban a su rostro esa característica sombra azulada, hacían el conjunto perfecto para darle ese aire de intelectual y filósofo que le hizo merecer el mote de “Memus”. Parece que hicimos buenas migas desde el primer día al integrarnos a la misma pandilla de inadaptados en el colegio. Las cosas que él y yo vivimos, sufrimos y gozamos en aquellos años, incluidos algunos amores prohibidos y cierto accidente con el automóvil de la directora, jamás podrán (ni deberán), por pudor, por vergüenza o por falta de memoria, ser contadas a cabalidad.
Después de graduarnos la vida nos separó; nada supimos el uno del otro por algunos años. Nos reencontramos por mera casualidad, ambos casados y luciendo cada quien las evidencias del tiempo transcurrido; a partir de ese día nuestra amistad personal y la de nuestras respectivas familias, crecieron de una manera que jamás imaginé.
Las lenguas viperinas dicen que tiene mal genio, algunos de los que están bajo sus órdenes lo catalogan como “insufrible”, y hay quien dice que es cosa común verlo fuera de quicio. ¿Qué sé yo? ¿Habrá quién escape de tales descripciones?... Yo ciertamente no. Sin embargo, en Antonio he visto siempre a una persona noble, sencilla y extremadamente servicial; jamás le he observado un mal gesto, tampoco lo he escuchado dirigiéndome una sola expresión áspera.
Como amigo y como médico de cabecera de toda la familia, siempre ha estado presente en mis momentos difíciles; llegue a llorar en su hombro una noche en que sentí a la misma muerte reclamando mi vida; lo vi pasar su cumpleaños al lado de mi padre, tratando de evitar su dolorosa partida. En él siempre he encontrado respuestas honestas, sabios consejos, palabras de aliento, una grata compañía y una mirada sincera.
No compartimos muchos gustos, aficiones o adicciones (aparte de la glotonería, los buenos vinos, algunas tristezas y el buen café) tampoco compartimos sangre ni apellidos, pero, en realidad, el Dr. Edmundo Antonio Mazariegos García, dejó de ser mi amigo hace ya mucho tiempo, para convertirse en el único y verdadero hermano que tengo; una excepcional persona de la que siempre he recibido mucho más de lo que, yo, alguna vez, le haya podido dar.

El Dr, Mazariegos junto a nuestra mutua amiga Nancy; al fondo, un par de individuos peligrosos, buscados por la INTERPOL: "El Chino" (con camisa blanca) y "El 100 Pies" (de perfil).
servido por Gustavo
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26 Enero 2009
Era tarde y manejaba el todo terreno por la ruta al Pacífico sin poder concentrarme. La carretera nunca había sido una buena consejera, y aquella noche la monotonía de su línea blanca me condujo directamente hacia los más absurdos soliloquios: ¿Éramos acaso un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar una nueva forma de amor? No. no llegábamos a tanta cosa; sólo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.
Me detuve en mitad del largo trayecto; un jeep había caído de un pequeño puente; se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la amarilla vastedad de un cañaveral que esperaba la zafra. El conductor -un hombre joven-, había quedado atrapado con medio cuerpo fuera del vehículo, se encontraba boca arriba, sumergido en apenas unos centímetros de agua. Mientras la gente ingeniaba poleas y palancas, yo lo observaba: los ojos abiertos, la mirada vacía, con el gesto resignado de quién ha luchado con todas su fuerzas... Y no ha podido.
De pronto lo vi todo muy claramente: su rostro inerte había dejado de serme ajeno. Yo era aquel hombre que yacía, muerto, vencido, ahogado en un diminuto río.

servido por Gustavo
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16 Enero 2009
Yo busco mi propia fórmula para la vida, convencido de que esa fórmula es diferente para cada uno, y no universal como el molde que pretende vendernos la posmodernidad. El colectivo espera (y en algunos casos exige) que me ajuste a ese sentido tan transeúnte de lo “correcto”, con el único argumento del “porque así tiene que ser”, lex dura lex a la que hay que someterse si se quiere seguir integrado al rebaño. Me exaspera que la gente se de pie para imponerme sus clichés y convencionalismos, fundamentándose en su personal concepto del ying yang; ya lo dijo Zaratustra: “He viajado por todo el mundo y no he encontrado palabras más poderosas que bien y mal”. ¡Cuánto sometimiento se puede imponer a los hombres con ese par de vívoras!
Seguramente los que suelen quemar incienso a todas las reliquias del santuario de lo establecido, me condenarían a morir en la hoguera por mi terrible atrevimiento a ser “diferente” y por el exotismo de pretender describir tan insolentemente los "efluvios invisibles de mi alma". Y es que mientras más diferente me ven, más horror les causa darse cuenta de lo idénticos que somos. Es eso, y no otra cosa, lo que me ha convertido en un ser solitario a quien algunos románticos llaman peyorativamente “vividor de recuerdos, fantasías y sueños”, y otros, con menos poesía y encanto, pero con el mismo talante, llaman “desadaptado”.
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29 Octubre 2008
La campana tañó dos veces, llamando a formar filas. Garrido, con aparente indiferencia, escuchó el rezo que se acostumbraba a la hora de salida, pero no repitió las palabras de una letanía que le quemaba por dentro: se había peleado con los predicadores que ofrecían redención, pero cargaban de cadenas a los hombres. Su rabia no era contra la religión que lo excluía del Reino de Dios a causa de sus vicios y su estrafalario aspecto, sino contra el mismo Dios que con un porrazo del destino lo había condenado a una vida de soledad y tristeza.
Después de aperarnos con cerveza, cigarros y algunas chucherías, Garrido y varios compañeros, nos dirigimos a la casa de Hernández; allí solíamos reunirnos los viernes para pasar un momento alegre y relajado con el grupo. En esas reuniones existían pocas reglas: cada quien podía hacer lo que le viniera en gana... Nadie juzgaba a nadie, pero todos cuidaban de todos... y de allí no salía ninguno si no era capaz de llegar a casa por sus propios medios. Ellas se soltaban el pelo, y en medio del desenfado, siempre terminaban bailando descalzas y sin pareja. Nosotros, un poco menos conspicuos, hablábamos de grupos de rock, o de cualquier otro tema que se pudiera considerar cosa de hombres. Todos reíamos, libábamos cerveza y fumábamos hierba... Y unos pocos, los más osados (como Garrido), degustaban “cartoncitos” de LSD como si fueran chupetes de azúcar. Sin embargo, esa tarde, Garrido se limitó a sentarse, muy callado, frente al tocadiscos.
Yo lo observé cuando contemplaba los negros giros de un acetato de “Ten Years After”. Su rostro, enjuto de tanto evocar la solitaria tristeza, no mostró emoción alguna cuando, en medio de los dibujos de la música, se abrió un umbral de luz que su alma atravesó sin que su mente se diera cuenta. Garrido tampoco supo cómo llegó a la rivera de aquel río de aguas mansas, más azules que el cielo limpio en un amanecer de enero, donde vio a Dios vestido con jeans desteñidos, sonriéndole mientras cortaba flores amarillas y bajaba del firmamento estrellas para ponerlas todas en su largo pelo. Entonces descubrió que el tiempo había dejado de ser; que el pasado ya no le dolía, como tampoco le dolía el presente, y que el futuro ya no tenía poder para afligir con incertidumbres su corazón, ni su mente.
-¡Qué le han dado...Cabrones!- Grito el padre de Garrido, cuando llegó y vio aquel rostro macilento, dibujando espantosamente en su hijo por el rictus de la ausencia. Al escuchar su voz, Garrido vio de nuevo el umbral de luz: se asemejaba a la puerta de su habitación y estaba entreabierto. Una vez más sintió el aroma del café recién hecho y de los huevos con tomate y cebolla, pero las manos que los preparaban seguían ausentes. Luego abrió un poco más la puerta y vio que al otro lado vivían tres sombras que juntas se llamaban tiempo; ellas mantenían a Andrea encadenada a la muerte... Y a la muerte encadenada a ellas mismas... entonces supo que nunca podría separarlas, porque en la mentira del tiempo, esas sombras no podían existir individualmente. También vio a su padre que lloraba amargamente mientras sostenía en la mano unas filosas tijeras, entonces recordó su pelo largo y recordó que Dios, vestido con jeans desteñidos, lo había coronado con flores amarillas y estrellas.
Garrido nunca tuvo un momento de mayor lucidez que aquel en que decidió escapar por el umbral de la inconsciencia, Yo, al ver el brillo de sus pupilas negras, dilatadas desmesuradamente, y al verlo sonriente, como no lo había visto en mucho tiempo, entendí su decisión de atrancar la puerta... Y quedarse para siempre adentro.
A Renato Garrido, ese amigo que escapó
de la soledad, de la tristeza... Y del tiempo.
servido por Gustavo
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24 Octubre 2008
Garrido despertó justo cuando el reloj de la sala daba la hora con seis desafinadas campanadas. Los rayos del sol entraban casi perpendicularmente por la ventana y traspasaban sus párpados, aun entreabiertos, hiriendo sus pupilas dilatadas y oscuras. Una sensación de bienestar lo acariciaba, quizá porque el insomnio recurrente pocas veces lo dejaba dormir tantas horas como las que había dormido esa noche. La oscuridad se había esfumado por las rendijas de la puerta que el muchacho siempre dejaba atrancada, por si a su padre se le ocurría cumplir la amenaza de entrar a su habitación cualquier noche, cuando él estuviera dormido, y tusarle a tijeretazos esa melena negra que desafiaba su autoridad paterna y quebrantaba la sarta de reglas que debía obedecer si pretendía seguir viviendo bajo ese techo. No era necesario abrir la puerta para que los aromas del café recién hecho, de huevos con tomate y cebolla, y de avena y pan tostado, que su madre preparaba en la cocina antes de irse al trabajo, inundaran la alcoba haciéndole más difícil mantener el estupor del semi-sueño en que, con una de esas estampidas hormonales mañaneras, abrazaba la almohada confundiéndola deliciosamente con la mujer que amaba.
La ducha dio final cuenta de los rezagos de su modorra, y con latigazos fríos escurrió en la coladera, junto a pompas de champú y espuma de jabón de olor, esos ímpetus suyos, casi incontrolables, cuya abundancia quizá algún día hubiera echado de menos si las cosas hubieran sido de otro modo. Al salir del baño, Garrido, se vistió con el uniforme del colegio: pantalón y camisa caqui, zapatos negros, herrados en los tacones (para que al caminar sonaran a trote de potro), y un cinturón militar, con hebilla dorada que solía pulir con “Sidol” para que siempre brillara. En un bolsillo de su chaquetón verde olivo, colocó una cajetilla casi agotada de “Marlboros” y un encendedor “Zippo” antiguo, que para él era un verdadero tesoro. Luego, sin prestar mucha atención a lo que hacía, apiló un par de libros de texto, media docena de cuadernos, y los papeles ajados donde llevaba la tarea, todavía inconclusa, y los metió en una desparramada mochila. Echo un vistazo al reloj, y sin disponer de más tiempo para tomar algún alimento, dio un grueso trago de café y salió sin que quedara nadie en casa para despedirlo. Cruzó el jardín que su madre solía cultivar con rosas y lirios, salto la baranda que daba a la calle, encendió un cigarrillo, y como todos los días, inició la caminata hacia el colegio mixto “José Lorenzo de Romaña”, donde estudiaba el último grado del nivel medio. Al llegar a su destino saludo de manos a un par de compañeros, y antes de entrar por la puerta del viejo centro de estudios, dio un largo chupón a su último cigarrillo, exhaló el humo con laxitud y lanzó la colilla a un charco con un disparo de sus dedos.
Las clases, como sucedía desde hacía tiempo, transcurrieron inocuas e intrascendentes: las ecuaciones de tercer grado no tenían suficientes incógnitas como para despertarle el interés, y la trágica muerte de la tísica “María”, de Jorge Isaacs, no bastaba para sacarlo de la abstracción en que se hundía cuando miraba por el amplio ventanal del aula. Sin importar cuántos alumnos caminaran por los corredores, o cuántos de ellos estuvieran sentados en el salón de clase, desde que Andrea no estaba allí, todo le parecía vacío y fantasmal. Se había cansado de verla en espejismos traslúcidos como el humo de sus cigarrillos, y de oír sus palabras y sus risas, vacías de sonidos y alegrías. Garrido se había abandonado para vagar en una senda interminable de melancolía; se encontraba abatido por un recuerdo que la contundencia del presente no lograba desplazar... Todo su mundo carecía de sentido, y poco a poco, irremediablemente, la vida se le iba convirtiendo en muerte.

servido por Gustavo
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