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La Coctelera

-ESTE MACHO ES MI MULA-

-compendio ilustrado de aventuras, dislates y digresiones-


Categoría: CUENTOS, NARRACIONES

26 Enero 2009

ROSTRO INERTE

Era tarde y manejaba el todo terreno por la ruta al Pacífico sin poder concentrarme. La carretera nunca había sido una buena consejera, y aquella noche la monotonía de su línea blanca me condujo directamente hacia los más absurdos soliloquios: ¿Éramos acaso un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar una nueva forma de amor? No. no llegábamos a tanta cosa; sólo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.

Me detuve en mitad del largo trayecto; un jeep había caído de un pequeño puente; se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la amarilla vastedad de un cañaveral que esperaba la zafra. El conductor -un hombre joven-, había quedado atrapado con medio cuerpo fuera del vehículo, se encontraba boca arriba, sumergido en apenas unos centímetros de agua. Mientras la gente ingeniaba poleas y palancas, yo lo observaba: los ojos abiertos, la mirada vacía, con el gesto resignado de quién ha luchado con todas su fuerzas... Y no ha podido.

De pronto lo vi todo muy claramente: su rostro inerte había dejado de serme ajeno. Yo era aquel hombre que yacía, muerto, vencido, ahogado en un diminuto río.

 

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29 Octubre 2008

EL UMBRAL (parte segunda y final)

La campana tañó dos veces, llamando a formar filas. Garrido, con aparente indiferencia, escuchó el rezo que se acostumbraba a la hora de salida, pero no repitió las palabras de una letanía que le quemaba por dentro: se había peleado con los predicadores que ofrecían redención, pero cargaban de cadenas a los hombres. Su rabia no era contra la religión que lo excluía del Reino de Dios a causa de sus vicios y su estrafalario aspecto, sino contra el mismo Dios que con un porrazo del destino lo había condenado a una vida de soledad y tristeza.

Después de aperarnos con cerveza, cigarros y algunas chucherías, Garrido y varios compañeros, nos dirigimos a la casa de Hernández; allí solíamos reunirnos los viernes para pasar un momento alegre y relajado con el grupo. En esas reuniones existían pocas reglas: cada quien podía hacer lo que le viniera en gana... Nadie juzgaba a nadie, pero todos cuidaban de todos... y de allí no salía ninguno si no era capaz de llegar a casa por sus propios medios. Ellas se soltaban el pelo, y en medio del desenfado, siempre terminaban bailando descalzas y sin pareja. Nosotros, un poco menos conspicuos, hablábamos de grupos de rock, o de cualquier otro tema que se pudiera considerar cosa de hombres. Todos reíamos, libábamos cerveza y fumábamos hierba... Y unos pocos, los más osados (como Garrido), degustaban “cartoncitos” de LSD como si fueran chupetes de azúcar. Sin embargo, esa tarde, Garrido se limitó a sentarse, muy callado, frente al tocadiscos.

Yo lo observé cuando contemplaba los negros giros de un acetato de “Ten Years After”. Su rostro, enjuto de tanto evocar la solitaria tristeza, no mostró emoción alguna cuando, en medio de los dibujos de la música, se abrió un umbral de luz que su alma atravesó sin que su mente se diera cuenta. Garrido tampoco supo cómo llegó a la rivera de aquel río de aguas mansas, más azules que el cielo limpio en un amanecer de enero, donde vio a Dios vestido con jeans desteñidos, sonriéndole mientras cortaba flores amarillas y bajaba del firmamento estrellas para ponerlas todas en su largo pelo. Entonces descubrió que el tiempo había dejado de ser; que el pasado ya no le dolía, como tampoco le dolía el presente, y que el futuro ya no tenía poder para afligir con incertidumbres su corazón, ni su mente.

-¡Qué le han dado...Cabrones!- Grito el padre de Garrido, cuando llegó y vio aquel rostro macilento, dibujando espantosamente en su hijo por el rictus de la ausencia. Al escuchar su voz, Garrido vio de nuevo el umbral de luz: se asemejaba a la puerta de su habitación y estaba entreabierto. Una vez más sintió el aroma del café recién hecho y de los huevos con tomate y cebolla, pero las manos que los preparaban seguían ausentes. Luego abrió un poco más la puerta y vio que al otro lado vivían tres sombras que juntas se llamaban tiempo; ellas mantenían a Andrea encadenada a la muerte... Y a la muerte encadenada a ellas mismas... entonces supo que nunca podría separarlas, porque en la mentira del tiempo, esas sombras no podían existir individualmente. También vio a su padre que lloraba amargamente mientras sostenía en la mano unas filosas tijeras, entonces recordó su pelo largo y recordó que Dios, vestido con jeans desteñidos, lo había coronado con flores amarillas y estrellas.

Garrido nunca tuvo un momento de mayor lucidez que aquel en que decidió escapar por el umbral de la inconsciencia, Yo, al ver el brillo de sus pupilas negras, dilatadas desmesuradamente, y al verlo sonriente, como no lo había visto en mucho tiempo, entendí su decisión de atrancar la puerta... Y quedarse para siempre adentro.

A Renato Garrido, ese amigo que escapó
de la soledad, de la tristeza... Y del tiempo.


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24 Octubre 2008

EL UMBRAL

Garrido despertó justo cuando el reloj de la sala daba la hora con seis desafinadas campanadas. Los rayos del sol entraban casi perpendicularmente por la ventana y traspasaban sus párpados, aun entreabiertos, hiriendo sus pupilas dilatadas y oscuras. Una sensación de bienestar lo acariciaba, quizá porque el insomnio recurrente pocas veces lo dejaba dormir tantas horas como las que había dormido esa noche. La oscuridad se había esfumado por las rendijas de la puerta que el muchacho siempre dejaba atrancada, por si a su padre se le ocurría cumplir la amenaza de entrar a su habitación cualquier noche, cuando él estuviera dormido, y tusarle a tijeretazos esa melena negra que desafiaba su autoridad paterna y quebrantaba la sarta de reglas que debía obedecer si pretendía seguir viviendo bajo ese techo. No era necesario abrir la puerta para que los aromas del café recién hecho, de huevos con tomate y cebolla, y de avena y pan tostado, que su madre preparaba en la cocina antes de irse al trabajo, inundaran la alcoba haciéndole más difícil mantener el estupor del semi-sueño en que, con una de esas estampidas hormonales mañaneras, abrazaba la almohada confundiéndola deliciosamente con la mujer que amaba.

La ducha dio final cuenta de los rezagos de su modorra, y con latigazos fríos escurrió en la coladera, junto a pompas de champú y espuma de jabón de olor, esos ímpetus suyos, casi incontrolables, cuya abundancia quizá algún día hubiera echado de menos si las cosas hubieran sido de otro modo. Al salir del baño, Garrido, se vistió con el uniforme del colegio: pantalón y camisa caqui, zapatos negros, herrados en los tacones (para que al caminar sonaran a trote de potro), y un cinturón militar, con hebilla dorada que solía pulir con “Sidol” para que siempre brillara. En un bolsillo de su chaquetón verde olivo, colocó una cajetilla casi agotada de “Marlboros” y un encendedor “Zippo” antiguo, que para él era un verdadero tesoro. Luego, sin prestar mucha atención a lo que hacía, apiló un par de libros de texto, media docena de cuadernos, y los papeles ajados donde llevaba la tarea, todavía inconclusa, y los metió en una desparramada mochila. Echo un vistazo al reloj, y sin disponer de más tiempo para tomar algún alimento, dio un grueso trago de café y salió sin que quedara nadie en casa para despedirlo. Cruzó el jardín que su madre solía cultivar con rosas y lirios, salto la baranda que daba a la calle, encendió un cigarrillo, y como todos los días, inició la caminata hacia el colegio mixto “José Lorenzo de Romaña”, donde estudiaba el último grado del nivel medio. Al llegar a su destino saludo de manos a un par de compañeros, y antes de entrar por la puerta del viejo centro de estudios, dio un largo chupón a su último cigarrillo, exhaló el humo con laxitud y lanzó la colilla a un charco con un disparo de sus dedos.

Las clases, como sucedía desde hacía tiempo, transcurrieron inocuas e intrascendentes: las ecuaciones de tercer grado no tenían suficientes incógnitas como para despertarle el interés, y la trágica muerte de la tísica “María”, de Jorge Isaacs, no bastaba para sacarlo de la abstracción en que se hundía cuando miraba por el amplio ventanal del aula. Sin importar cuántos alumnos caminaran por los corredores, o cuántos de ellos estuvieran sentados en el salón de clase, desde que Andrea no estaba allí, todo le parecía vacío y fantasmal. Se había cansado de verla en espejismos traslúcidos como el humo de sus cigarrillos, y de oír sus palabras y sus risas, vacías de sonidos y alegrías. Garrido se había abandonado para vagar en una senda interminable de melancolía; se encontraba abatido por un recuerdo que la contundencia del presente no lograba desplazar... Todo su mundo carecía de sentido, y poco a poco, irremediablemente, la vida se le iba convirtiendo en muerte.
CONTINUARÁ



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