Categoría: VIVENCIAS
30 Enero 2009
Eran casi las doce de una preciosa noche otoñal cuando entré por primera vez a esa ciudad, llevaba dieciocho horas al volante y me sentía extenuado, así que después de dar un pequeño rodeo por el “downtown” regresé a la autopista para buscar un lugar para hospedarme. Al descender por un paso a desnivel de la 285, un “Tercel” rojo me adelantó por la izquierda. Sin percatarse de su presencia, el conductor de un camión “eighteen wheeler” que iba delante de mí, cambió de carril intempestivamente, atrapando con los enormes neumáticos de la rastra al pequeño vehículo
El brillo de las bengalas y de las luces de emergencia matizaba la increíble escena: para asombro de los presentes, Andrés -un puertorriqueño de no más de 35 años- estaba vivo, atrapado entre los despojos de su irreconocible Toyota. Mientras hacíamos hasta lo imposible por ayudarlo, el boricua lloraba y reía a carcajadas..... Daba gritos que solo yo -por ser también hispano- lograba entender: Andrés daba gracias a Dios por haberle concedido la invaluable oportunidad de seguir con vida para volver a ver a sus seres queridos. Minutos después la televisión local transmitía las escenas del dramático rescate, la nota periodística fue titulada “Milagro en la 285”.
A pesar del cansancio, esa noche no pude conciliar el sueño, a mi mente venían las imágenes de mis seres queridos. En un abrir y cerrar de ojos la distancia se hizo inmensa y los impostergables afanes de mi vida dejaron de tener el menor sentido... El “Milagro de la 285” continuaba, ya no en la autopista, sino en la habitación barata de un “Days In Motel”, en la bella ciudad de Atlanta.

servido por Gustavo
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26 Enero 2009
Era tarde y manejaba el todo terreno por la ruta al Pacífico sin poder concentrarme. La carretera nunca había sido una buena consejera, y aquella noche la monotonía de su línea blanca me condujo directamente hacia los más absurdos soliloquios: ¿Éramos acaso un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar una nueva forma de amor? No. no llegábamos a tanta cosa; sólo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.
Me detuve en mitad del largo trayecto; un jeep había caído de un pequeño puente; se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la amarilla vastedad de un cañaveral que esperaba la zafra. El conductor -un hombre joven-, había quedado atrapado con medio cuerpo fuera del vehículo, se encontraba boca arriba, sumergido en apenas unos centímetros de agua. Mientras la gente ingeniaba poleas y palancas, yo lo observaba: los ojos abiertos, la mirada vacía, con el gesto resignado de quién ha luchado con todas su fuerzas... Y no ha podido.
De pronto lo vi todo muy claramente: su rostro inerte había dejado de serme ajeno. Yo era aquel hombre que yacía, muerto, vencido, ahogado en un diminuto río.

servido por Gustavo
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25 Agosto 2008
El sol, convertido en un círculo rojo, está a punto de tocar el horizonte que, en esta latitud, parece prolongarse infinitamente. A mi derecha, sobre un montículo de grava, descansan los durmientes de la vía férrea, paralelos a la solitaria carretera, trazando una línea recta que se pierde hasta donde la vista alcanza. Mientras conduzco -acompañado únicamente por mi viejo maletín de mano y por un intenso deseo de volver a casa-, la noche se va insinuando, y las primeras estrellas brillan tenuemente en ese firmamento, ahora convertido en un personaje de dos caras: una que se va pintando de un azul profundo hasta convertirse en negro, y otra que arde con el ocaso, flameada por un naranja intenso.
Las primeras señales de presencia urbana aparecen: calles casi desiertas, rótulos dando la bienvenida, un motel de tercera clase, un par de restaurantes ofreciendo “fajitas” y "bbq", y un enorme depósito de agua en el que, desde cualquier parte del pueblo, puede leerse "REFUGIO TEXAS" escrito con grandes letras. Doblo en la esquina de una gasolinera que quedó atrapada en los años cincuenta; avanzo dos bloques y luego giro a la izquierda, en la calle de la arboleda. Allí está la casa, a mi derecha; grande, mal pintada y de madera; la hierba en franca rebeldía, y el tejado llorando la ausencia de algunas piezas perdidas. El Porche me enseña, orgulloso, un par de sillas nuevas. Sobre el barandal hay macetas con flores de todos colores recibiéndome alegres. A mis pies, en el pórtico de entrada, me saluda un viejo tapete con sus letras desteñidas, y en el batiente de la puerta -como si me esperara desde hace tiempo- una inquieta campanilla anuncia, a los Madrigal, mi repentina llegada.
Entro por el umbral y la escena de mi última visita se repite: el olor de la merienda –de la que siempre habrá, para mí, un plato-, el reguero de juguetes que han dejado los “chamacos” y las fotografías de “la raza” inundando la estancia. Marta me recibe con un beso, y Bob, sentado frente a la enorme tele en su “la-z-boy”, alza la voz para decirme: “¡Bienvenido a tu humilde rancho, compadre!”, y luego, de manera más discreta, le pide a Marta un par de Budweiser bien heladas, una para él y otra para el recién llegado.
A Bob lo vi por primera vez en el año 87, cuando reparó mi automóvil, en uno de mis viajes a ese estado... Nos hicimos amigos al ritmo del “Tex Mex”, cuando fuimos a comprar las piezas de repuesto a Bownsville, en su enorme Oldsmobile -que tenía asientos de terciopelo color púrpura y adornos por todos lados- Bob Madrigal es un tipo rustico, mejicano hasta el hueso, que no pierde oportunidad para burlarse de mi acento chapín, -siendo, el de él, verdaderamente horrendo-, pero desde que lo conocí, no podría atravesar Refugio sin pasar por su casa, pues eso, más que una ofensa, sería un verdadero sacrilegio.
servido por Gustavo
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6 Agosto 2008
Luego de varias semanas de ausencia, en las que cada quién se ocupo de lo suyo, Axel y yo retornamos juntos a la ciudad. Al filo del medio día Doña Rosa esperaba en su vieja casona, y al vernos entrar por su puerta, la anciana se prendió de mi primo, lloriqueando y dando gracias al cielo por haberlo traído con bien. Luego lo llenó de besos, se colgó de su brazo, y pasando por alto mi presencia, lo llevó hacia adentro. En la cabecera de la mesa, Doña Rosa había aderezado todo un festín para él... incluso envió a comprar su refresco favorito, mientras que, para mí, sólo había un plato con la comida del día y un vaso de agua que ni siquiera estaba fría. Después del almuerzo nos despedimos de ella. Para Axel hubo toda clase de bendiciones...Yo apenas recibí un desteñido “hasta luego”. Me sentí tan despreciado ese día, que juré no volver a la que siempre había sido mi segunda casa.
Por mucho tiempo dejé pasar cumpleaños, días de la madre y navidades, ignorando los mensajes que Doña Rosa me enviaba suplicando que pasara, aunque fuera un ratito, a verla. Un día -víspera de año nuevo-, invadido por un sentimiento extraño me dirigí a la mejor tienda de importados, llené una enorme canasta con las golosinas que a ella más le gustaban: dulces, chocolates y turrones, varias cajas de bombones y una botella de la mejor champaña, y fui a buscarla. Me detuve por un instante frente a su puerta y, antes de llamar, recordé las veces que mi primo, -Capitán de infantería- resultó gravemente herido en encuentros armados con la guerrilla. También recordé lo atento y amoroso que siempre fue con Doña Rosa, y los muchos obsequios que le hacía... Y hasta ese momento en que entendí mi falta de méritos, también caí en la cuenta de que ella, cada vez que miraba a Axel vestido de uniforme, seguramente suspiraba recordando al abuelo que había sido Coronel de infantería.
Qué avergonzado me sentí al ver que, en mi ausencia, su cabeza se había puesto totalmente blanca, y qué difícil fue apretar el alma para no dejar escapar esas lágrimas que hoy, mientras veo su foto y recuero su último año nuevo, me confieso incapaz de contener.
Para mi amada Rosa, muchachita mimada, gran señora y mujer hermosa.

Mi abuela, Rosa María Aguilar Huertas, junto a su nuera (mi madre)
servido por Gustavo
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24 Julio 2008
Era la madrugada de un lluvioso día de julio. Desde la negra playa se escuchaba el golpe continuo de las olas, y una brisa sureña llevaba a la aldea el olor salado del mar.
Las ranas callaron.... los grillos también. Las agujas del reloj se juntaron en el punto exacto. Gritos, insultos, consignas y sonidos infames surcaron los aires marcando el momento maldito. Taka, taka, taka, taka, taka, taka - el estridente sonido de los AK-47´s-, gemidos agonizantes, chillidos de viuda y de huérfano, vítores triunfantes: ¡viva la “revolución”! y ¡viva el egp! (siglas que rehúso escribir con mayúsculas y que gustoso cambiaría por hgp).
Fausto y yo, nos escabullimos, primero arrastrándonos entre las sombras, luego corriendo, casi a ciegas, hacia el monte, bordeando las salinas y cruzando el estero. Era momento de escapar para salvar el pellejo... “Mañana será otro día, primo... mañana podremos llorar a nuestros muertos”.
servido por Gustavo
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9 Junio 2008
A mediados de los 70´s, Sergio, Fernando y yo nos apropiamos de la esquina de la 20 y 13, donde nos reuníamos para hacernos los muy machos, escuchando música rock, fumando algún pitillo furtivo y diciendo toda clase de disparates. Evadidos y olvidados de casa, se nos dormía el sueño, mojado por el sereno de las vigilias que consumíamos entre bromas, ojos llorosos y estómagos partidos a fuerza de tanta risa. Qué bien la pasábamos en ese lugar, en los tiempos en que la vida aún era toda “Peace and Love”, los amores eternos se nos esfumaban en unas cuantas semanas, y las mejores bandas de rock se nos desbarataban una a una, dejándonos con un gemido ahogado en la garganta.
Algunas de esas noches fueron tristes: la decadencia del rock y el fin de la era de acuario nos partían el alma, sin embargo eran los amores juveniles -que no pasaban de largo sin darnos un buen zarpazo- los que nos golpeaban más duro la entraña. Cuando el sufrimiento arremetía contra alguno de nosotros, permanecíamos leales y solidarios: nada de rock, y nada de bromas, y por respeto al doliente, solamente escuchábamos canciones del tipo “cortavenas”, como aquella de Dany Daniel: “Por el amor de una mujer”, o cualquier otra de similar calaña.
Fernando y Sergio se casaron con sus “amores del alma” y siguen viviendo en el barrio. Eventualmente nos cruzamos por la calle, cuando visito a mi madre. Fernando se divorció, pero parece irle bien con la venta de autos usados, negocio con el que adquirió un poco de “mala fama”. Sergio se dejó venir de Houston, para heredar el almacén que su madre, después de enviudar, logró levantar a pulso.
Ninguno de los dos es lo que solía ser –sin duda yo tampoco lo soy- Fernando se ha convertido en un personaje esquivo y siniestro, y Sergio se olvidó de aquella tiendita de barrio que sus padres tenían, donde, siendo niños, nos hicimos compinches ajustando monedas para comprar helados o intercambiando estampitas para completar algún albume. Hoy -como “Los Beatles”-, por respeto al pasado, nos saludamos a distancia, apenas con un ligero movimiento de cabeza. Los tres sabemos que nuestra hermandad se desintegró como lo hizo la banda “Grand Funk Railroad”, y que nuestra amistad se diluyó, como le sucedió a los integrantes de “Creedence Clear Water Revival”; pero amistades caducas y respetos aparte, los momentos, aventuras, alegrías, tristezas, y todas las demás cosas que vivimos juntos, seguirán para siempre allí, en la esquina de la 20 y 13 de Kaminal Juyú II, nuestro viejo barrio en ciudad de Guatemala.

servido por Gustavo
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2 Junio 2008
¿Te recuerdas del día en que tratamos de hacer un pic-nic, en aquel lugar boscoso desde donde se veía el lago? Todo se complicó y salimos demasiado tarde. Cuando llegamos al sitio, caía una pertinaz llovizna; el ambiente estaba tan húmedo que no encontrábamos dónde encender los carbones para el asado........ Y para colmo de males, con tanta carrera, se me olvidaron los fósforos. No pudimos asar la carne, y tampoco pudimos abrir la lata que llevábamos (cuyo contenido no recuerdo) porque no llevé el abrelatas..... Ni siquiera un cuchillo.
No sé cómo descorchamos el vino... ese Pinot Noir chileno que se te fue a la cabeza, haciendo que te rieras a carcajadas de la rabieta que hice, furioso conmigo mismo por haberlo echado todo a perder.
¿Sabes una cosa? Me gustaría repetir ese día...... Pero esta vez trataría de hacer las cosas correctamente, sin olvidar nada, para que todo saliera a las mil maravillas....... Pero si de nuevo metiera la pata y no pudiera encender el fuego, abrir la lata o descorchar el vino, no me importaría.......... con tener a la mano cualquier cosa que sustituyera a mi viejo volks wagen, y que tu y yo, mientras escuchamos el sonido de la lluvia, expusiéramos la piel al frío para empañar con nuestro calor los cristales, como tantas veces lo hicimos, daría por dichosa y más que bien vivida la experiencia.
¿Te atreverías?

Idéntico en todo a mi viejo Volks Wagen
servido por Gustavo
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10 Mayo 2008
El épico ejercicio de la conquista romántica nunca fue tan arduo para mÍ como cuando decidí conquistar a esa mujer. Pensé que iba a ser cosa fácil, pero me tomó tres meses de asedió a los que sumé a una declaración de amor y dos apelaciones que obtuvieron por respuestas un “déjeme pensarlo unos días”, un “todavía no” y un “déme un poco más de tiempo”, que casi me llevan a la renunciación.
Ella era temperamental e indómita; tenía un rostro precioso y el cabello negro y largo más bello que he visto en la vida.... pero fueron sus ojos color marrón los que, a pesar de su mirada insolente, me hicieron perderme mil veces en esa poesía con que el creador dibujó a la mujer.
Su esperado “Sí” transformo mi cumpleaños (15 de mayo, hace ya 32 años) en uno de los más gratos que recuerdo, pero nuestro romance no sobrevivió a la guerra que libramos como un par de testarudos que nunca supo ponderar el amor, porque nuestros encuentros casi siempre fueron eso: ahogar el amor en orgullo y tragarlo sin mostrar dolor. Si no fuera por el recuerdo de su olor a lluvia y el de la electricidad que creábamos con el roce de nuestras manos, o el del fuego que surgía entre nosotros con la simple proximidad del beso, no sería capaz de comprender el sinsentido con que ambos arropamos ese sentimiento insufrible que tan obstinadamente quisimos llamar amor.
“El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame”. –Kant-
un fractal al estilo de mi querida amiga Domovilu, titulado "LOVERS FIGHT"
servido por Gustavo
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