Era casi la media noche cuando volvió a casa. Hacía cuatro meses que trabajaba dobles turnos para pagarse la vida de recién casado. Después de cruzar a pie las calles del centro histórico, abrió la puerta enrejada que, cansada de tanto abatirse, chilló bajo el peso de su mano. Su sombra se alargó sobre aquel callejón estrecho y busco en los bolsillos la llave mientras su cuerpo arrastraba los pasos.

Suspiro profundamente y abrió la puerta despacio. El apartamento estaba en penumbra, ella nunca lo esperaba despierta; la mesa vacía -como de costumbre-, sin un plato con comida para llevarse a la boca. Sólo una nota escrita con faltas de ortografía: “no se te olbide que esta semana ay que pagar la renta". Así, sin un “te quiero”, sin un “despiértame cuando vengas”. Sin un “perdóname por haberte atrapado con tan repugnante engaño”.

Estrujó el papel apretando el puño con todas sus fuerzas, se dejó caer sobre el sofá y se fue quedando dormido sin quitarse la ropa. Un deseo reprimido lo hizo soñarse libre, soñarse amado........soñar que el destino nunca le había hecho semejante jugada. Esa noche, después de mucho tiempo, Wilfredo, durmió como si fuera un bendito.