EL UMBRAL
Garrido despertó justo cuando el reloj de la sala daba la hora con seis desafinadas campanadas. Los rayos del sol entraban casi perpendicularmente por la ventana y traspasaban sus párpados, aun entreabiertos, hiriendo sus pupilas dilatadas y oscuras. Una sensación de bienestar lo acariciaba, quizá porque el insomnio recurrente pocas veces lo dejaba dormir tantas horas como las que había dormido esa noche. La oscuridad se había esfumado por las rendijas de la puerta que el muchacho siempre dejaba atrancada, por si a su padre se le ocurría cumplir la amenaza de entrar a su habitación cualquier noche, cuando él estuviera dormido, y tusarle a tijeretazos esa melena negra que desafiaba su autoridad paterna y quebrantaba la sarta de reglas que debía obedecer si pretendía seguir viviendo bajo ese techo. No era necesario abrir la puerta para que los aromas del café recién hecho, de huevos con tomate y cebolla, y de avena y pan tostado, que su madre preparaba en la cocina antes de irse al trabajo, inundaran la alcoba haciéndole más difícil mantener el estupor del semi-sueño en que, con una de esas estampidas hormonales mañaneras, abrazaba la almohada confundiéndola deliciosamente con la mujer que amaba.
La ducha dio final cuenta de los rezagos de su modorra, y con latigazos fríos escurrió en la coladera, junto a pompas de champú y espuma de jabón de olor, esos ímpetus suyos, casi incontrolables, cuya abundancia quizá algún día hubiera echado de menos si las cosas hubieran sido de otro modo. Al salir del baño, Garrido, se vistió con el uniforme del colegio: pantalón y camisa caqui, zapatos negros, herrados en los tacones (para que al caminar sonaran a trote de potro), y un cinturón militar, con hebilla dorada que solía pulir con “Sidol” para que siempre brillara. En un bolsillo de su chaquetón verde olivo, colocó una cajetilla casi agotada de “Marlboros” y un encendedor “Zippo” antiguo, que para él era un verdadero tesoro. Luego, sin prestar mucha atención a lo que hacía, apiló un par de libros de texto, media docena de cuadernos, y los papeles ajados donde llevaba la tarea, todavía inconclusa, y los metió en una desparramada mochila. Echo un vistazo al reloj, y sin disponer de más tiempo para tomar algún alimento, dio un grueso trago de café y salió sin que quedara nadie en casa para despedirlo. Cruzó el jardín que su madre solía cultivar con rosas y lirios, salto la baranda que daba a la calle, encendió un cigarrillo, y como todos los días, inició la caminata hacia el colegio mixto “José Lorenzo de Romaña”, donde estudiaba el último grado del nivel medio. Al llegar a su destino saludo de manos a un par de compañeros, y antes de entrar por la puerta del viejo centro de estudios, dio un largo chupón a su último cigarrillo, exhaló el humo con laxitud y lanzó la colilla a un charco con un disparo de sus dedos.
Las clases, como sucedía desde hacía tiempo, transcurrieron inocuas e intrascendentes: las ecuaciones de tercer grado no tenían suficientes incógnitas como para despertarle el interés, y la trágica muerte de la tísica “María”, de Jorge Isaacs, no bastaba para sacarlo de la abstracción en que se hundía cuando miraba por el amplio ventanal del aula. Sin importar cuántos alumnos caminaran por los corredores, o cuántos de ellos estuvieran sentados en el salón de clase, desde que Andrea no estaba allí, todo le parecía vacío y fantasmal. Se había cansado de verla en espejismos traslúcidos como el humo de sus cigarrillos, y de oír sus palabras y sus risas, vacías de sonidos y alegrías. Garrido se había abandonado para vagar en una senda interminable de melancolía; se encontraba abatido por un recuerdo que la contundencia del presente no lograba desplazar... Todo su mundo carecía de sentido, y poco a poco, irremediablemente, la vida se le iba convirtiendo en muerte.








diasazules dijo
¡¡Perfectas las descripciones.
He acompañado a Garrido desde
que empieza a desperezarse en
la cama...... durante el trayecto
a clase....
Espro la continuación.
BESOS
24 Octubre 2008 | 10:44 AM