APOLOGÍA DE UN AMIGO INPERFECTO
Lo conocí en enero de 1976, parecía ser algo retraído, tímido y un tanto despistado. Su forma retórica de hablar (poco común en un jovenzuelo de 16 años) y su peculiar apariencia: anteojos de cristales gruesos bajo los que se asomaban un par de vivaces y pequeños ojos oscuros, cabellera ligeramente alborotada y una barba cerrada cuyos afeitados troncos daban a su rostro esa característica sombra azulada, hacían el conjunto perfecto para darle ese aire de intelectual y filósofo que le hizo merecer el mote de “Memus”. Parece que hicimos buenas migas desde el primer día al integrarnos a la misma pandilla de inadaptados en el colegio. Las cosas que él y yo vivimos, sufrimos y gozamos en aquellos años, incluidos algunos amores prohibidos y cierto accidente con el automóvil de la directora, jamás podrán (ni deberán), por pudor, por vergüenza o por falta de memoria, ser contadas a cabalidad.
Después de graduarnos la vida nos separó; nada supimos el uno del otro por algunos años. Nos reencontramos por mera casualidad, ambos casados y luciendo cada quien las evidencias del tiempo transcurrido; a partir de ese día nuestra amistad personal y la de nuestras respectivas familias, crecieron de una manera que jamás imaginé.
Las lenguas viperinas dicen que tiene mal genio, algunos de los que están bajo sus órdenes lo catalogan como “insufrible”, y hay quien dice que es cosa común verlo fuera de quicio. ¿Qué sé yo? ¿Habrá quién escape de tales descripciones?... Yo ciertamente no. Sin embargo, en Antonio he visto siempre a una persona noble, sencilla y extremadamente servicial; jamás le he observado un mal gesto, tampoco lo he escuchado dirigiéndome una sola expresión áspera.
Como amigo y como médico de cabecera de toda la familia, siempre ha estado presente en mis momentos difíciles; llegue a llorar en su hombro una noche en que sentí a la misma muerte reclamando mi vida; lo vi pasar su cumpleaños al lado de mi padre, tratando de evitar su dolorosa partida. En él siempre he encontrado respuestas honestas, sabios consejos, palabras de aliento, una grata compañía y una mirada sincera.
No compartimos muchos gustos, aficiones o adicciones (aparte de la glotonería, los buenos vinos, algunas tristezas y el buen café) tampoco compartimos sangre ni apellidos, pero, en realidad, el Dr. Edmundo Antonio Mazariegos García, dejó de ser mi amigo hace ya mucho tiempo, para convertirse en el único y verdadero hermano que tengo; una excepcional persona de la que siempre he recibido mucho más de lo que, yo, alguna vez, le haya podido dar.

El Dr, Mazariegos junto a nuestra mutua amiga Nancy; al fondo, un par de individuos peligrosos, buscados por la INTERPOL: "El Chino" (con camisa blanca) y "El 100 Pies" (de perfil).







diasazules dijo
Es maravilloso tener amigos asi,
normalmente este tipo de amigos
son pocos: uno, dos, tres lo más
pero hay que ver como se disfrutan.
Puedes pasar tiempo sin verlos pero
cuando aparecen es como si nunca
se hubieran ido.
BESOS
29 Enero 2009 | 05:56 PM